En los últimos años ha comenzado a tomar fuerza un concepto que, aunque suena reciente, se apoya en una intuición muy antigua: la salud no depende únicamente de medicamentos, diagnósticos clínicos o intervenciones hospitalarias. La social prescription —o prescripción social— propone que actividades culturales, artísticas, comunitarias y de participación ciudadana pueden formar parte de las “recetas” para mejorar el bienestar físico, mental y emocional de las personas.
Más que reemplazar la medicina tradicional, la prescripción social amplía el mapa de cuidado. Reconoce que la soledad, el aislamiento, el estrés crónico o la falta de propósito no siempre se resuelven con fármacos, sino con vínculos, creatividad, movimiento, expresión y sentido de pertenencia. En este cruce entre salud, arte y comunidad emerge un territorio fértil para los observatorios de bienestar y las prácticas artísticas contemporáneas.
¿Qué es la Social Prescription?
La prescripción social es un enfoque mediante el cual profesionales de la salud —médicos generales, psicólogos, trabajadores sociales— pueden derivar a una persona hacia actividades no médicas que fortalezcan su calidad de vida. Estas actividades pueden incluir:
Talleres de arte y creación visual
Música, canto coral o escucha guiada
Danza y movimiento consciente
Huertas comunitarias
Clubes de lectura
Voluntariados
Caminatas grupales en espacios naturales
Espacios de conversación y apoyo mutuo
El eje no es la actividad en sí misma, sino el acto de reconectar al individuo con un tejido social y simbólico que le permita sentirse activo, visto y acompañado. En este sentido, el arte se convierte en un mediador privilegiado: permite expresar emociones complejas, generar narrativa personal y experimentar pertenencia sin necesidad de un lenguaje técnico o clínico.
Beneficios potenciales
Diversas experiencias internacionales han señalado impactos positivos asociados a la prescripción social. Aunque cada contexto es distinto, suelen aparecer algunos patrones comunes:
1. Reducción del aislamiento social
Muchas problemáticas contemporáneas —ansiedad, depresión leve, agotamiento— están vinculadas a la desconexión humana. Participar en actividades colectivas genera redes de apoyo que no se construyen únicamente desde la consulta médica.
2. Mejora en la salud mental y emocional
El arte, el movimiento y la expresión simbólica facilitan la regulación emocional. No se trata de “curar” a través del arte, sino de habilitar espacios donde la persona pueda explorar su mundo interno sin juicio.
3. Aumento del sentido de propósito
La participación cultural devuelve a las personas la sensación de agencia: ya no son únicamente “pacientes”, sino creadores, lectores, voluntarios, miembros activos de una comunidad.
4. Prevención y acompañamiento
En muchos casos, la prescripción social actúa como una capa preventiva que evita la cronificación de malestares leves, o como un complemento que mejora la adherencia a tratamientos médicos tradicionales.
El papel del arte dentro de la prescripción social
El arte posee una cualidad singular: es simultáneamente individual y colectivo. Permite introspección y, al mismo tiempo, conexión. Dentro de la prescripción social, las prácticas artísticas aportan:
Lenguajes no verbales para expresar experiencias difíciles de nombrar.
Espacios seguros de exploración donde el error no es fracaso sino proceso.
Experiencias estéticas compartidas que fortalecen vínculos.
Rituales contemporáneos que sustituyen la falta de ceremonias comunitarias tradicionales.
No se exige formación artística previa. Lo relevante es el acto de participar, no el resultado estético.
¿Cómo estamos en Latinoamérica en Prescripción Social (Arts on Prescription)?
En América Latina, la prescripción social aún no se encuentra ampliamente institucionalizada dentro de los sistemas de salud pública como ocurre en algunos países europeos. Sin embargo, esto no implica ausencia de prácticas, sino más bien una formalización incipiente de algo que culturalmente ya existe.
La región posee una fuerte tradición de arte comunitario, educación popular, mediación cultural y prácticas colectivas de cuidado que históricamente han operado como formas informales de bienestar social. Talleres barriales, casas de cultura, bibliotecas públicas, colectivos artísticos y festivales locales han funcionado —sin nombrarlo así— como dispositivos de regulación emocional y cohesión social.
El panorama actual puede entenderse en tres niveles:
1. Nivel institucional emergente
Algunas universidades, museos y centros culturales comienzan a explorar programas vinculados a arte, salud mental y bienestar comunitario. Sin embargo, estos esfuerzos suelen depender de proyectos temporales o financiamiento específico.
2. Nivel comunitario consolidado pero no sistematizado
Existen numerosas iniciativas independientes con impacto real en comunidades, pero con escasa documentación y medición de resultados, lo que dificulta su integración en políticas públicas.
3. Nivel político-estructural en desarrollo
Los sistemas de salud latinoamericanos priorizan la atención clínica urgente, por lo que la integración de estrategias culturales aún enfrenta retos de presupuesto, validación técnica y continuidad administrativa.
Más que una carencia, el desafío regional radica en articular, visibilizar y traducir prácticas existentes a marcos comprensibles para salud pública y gestión cultural, sin perder su dimensión humana ni su diversidad territorial.
En este contexto, los observatorios de arte y bienestar cumplen un rol estratégico: documentar procesos, mapear iniciativas, generar evidencia cualitativa y facilitar el diálogo entre sectores médicos, educativos y culturales.
En síntesis, Latinoamérica no parte de cero. Parte de una riqueza cultural viva que aún busca un lenguaje común con la institucionalidad sanitaria. La pregunta no es si existe la prescripción social, sino cómo se reconoce, se nombra y se integra sin desnaturalizar su esencia comunitaria.
Retos en el contexto latinoamericano
Si bien la prescripción social abre posibilidades prometedoras, su implementación en América Latina enfrenta desafíos específicos:
1. Infraestructura y sostenibilidad
Muchos proyectos culturales dependen de convocatorias temporales o financiamiento inestable. Integrarlos a sistemas de salud requiere continuidad y respaldo institucional.
2. Brechas territoriales
Las grandes ciudades suelen concentrar la oferta cultural, mientras que zonas rurales o periféricas presentan menor acceso. La prescripción social debe considerar movilidad, virtualidad y descentralización.
3. Reconocimiento profesional
Aún persiste una separación rígida entre lo clínico y lo cultural. Se necesita mayor diálogo entre médicos, psicólogos, artistas, educadores y gestores comunitarios.
4. Medición de impacto
Uno de los mayores retos es traducir experiencias subjetivas —bienestar, pertenencia, calma— en indicadores comprensibles para políticas públicas sin reducir su riqueza humana.
5. Diversidad cultural
Latinoamérica es profundamente heterogénea. No existen soluciones universales. La prescripción social debe adaptarse a cosmovisiones locales, saberes ancestrales y prácticas comunitarias ya existentes.
Durante 2023 los Museos de Arte y Numismática del Banco de la República, en conjunto con el Hospital Universitario San Ignacio (HUSI) de la Universidad Pontificia Javeriana, desarrollaron el proyecto Arte y Medicina. El museo visita el hospital.
Reflexión final
La prescripción social no es una moda ni una fórmula mágica.
Es un recordatorio de algo esencial: el bienestar humano se construye también en lo cotidiano, en el encuentro, en la creación compartida y en la posibilidad de sentirse parte de algo más amplio que uno mismo.
En América Latina, donde la cultura comunitaria y la creatividad popular tienen raíces profundas, la prescripción social encuentra un terreno fértil, pero requiere sensibilidad, escucha y adaptación. No se trata de medicalizar el arte ni de instrumentalizar la cultura, sino de reconocer que la vida social y simbólica es, en sí misma, un componente de salud.
En última instancia, la pregunta que abre este enfoque no es únicamente “¿qué le recetamos a una persona?”, sino “¿qué espacios de sentido le ayudamos a habitar?”. Allí, entre el arte, la comunidad y el cuidado mutuo, se dibuja un horizonte donde el bienestar deja de ser un destino individual para convertirse en una construcción colectiva.
