Arte terapia en Colombia: entre la vocación, la ética y la necesidad de visibilidad

Reflexiones en el marco del Primer Encuentro de Arte Terapia (Asociación Colombiana de Arte Terapia). Bogotá, Febrero 11 de 2026.

Asistir a un encuentro académico de arte terapia en Colombia es, ante todo, entrar en un territorio donde convergen sensibilidad, investigación y una profunda vocación social. Sin embargo, también es un espacio donde se hacen visibles tensiones estructurales que atraviesan la práctica: la falta de recursos, el desconocimiento institucional y la dificultad de medir y comunicar el impacto de los procesos creativos en la salud y el bienestar.

Uno de los retos más reiterados en las conversaciones es el limitado presupuesto destinado a iniciativas artísticas con enfoque terapéutico. No se trata únicamente de escasez económica, sino de una jerarquía de prioridades donde el arte suele ubicarse en un plano secundario frente a otras intervenciones consideradas “más urgentes” o “más medibles”. Esta situación revela una paradoja: mientras crece el interés por el bienestar integral, las prácticas que trabajan desde la sensibilidad y la expresión simbólica continúan buscando legitimidad.

El Primer Encuentro académico de Arte terapia se llevó a cabo en la Universidad Piloto de Colombia en Bogotá.

A esto se suma un desconocimiento generalizado sobre qué es realmente la arte terapia. Con frecuencia se confunde con talleres recreativos, manualidades o actividades lúdicas sin estructura metodológica. Esta confusión no solo desdibuja el campo profesional, sino que también reduce la percepción de su alcance clínico, educativo y comunitario. La arte terapia no es simplemente “hacer arte”; implica marcos teóricos, procesos de acompañamiento y una responsabilidad ética que atraviesa cada intervención.

En este contexto, los facilitadores enfrentan una tensión constante al presentar proyectos: definir qué es negociable y qué no. ¿Hasta dónde se pueden ajustar tiempos, honorarios o metodologías sin comprometer la esencia del proceso? Esta pregunta abre una dimensión ética fundamental. La práctica no solo involucra creatividad, sino también dignidad profesional. Reconocer el valor del tiempo, la formación y la experiencia del facilitador es también reconocer el valor del cuidado emocional que se ofrece a los participantes.

Surge entonces otra inquietud clave: ¿quiénes son las personas encargadas de contactar a los facilitadores dentro de las instituciones y qué información manejan? Muchas veces los proyectos son gestionados por áreas administrativas que desconocen la profundidad del enfoque terapéutico, lo que genera brechas entre la intención del programa y la comprensión real de la disciplina. Esta distancia puede afectar desde la formulación de objetivos hasta la evaluación de resultados.

En el marco del encuentro se realizaron talleres para los participantes. Sobre estas líneas: Coraje para transformarse por Heliana Cardona Cabrera

Y precisamente la medición del impacto aparece como uno de los puntos más sensibles. ¿Cómo visibilizan los facilitadores los cambios que ocurren en los participantes? ¿Qué indicadores se utilizan cuando el resultado no es cuantificable en términos tradicionales? El impacto de la arte terapia suele manifestarse en transformaciones internas: mayor autoconciencia, regulación emocional, fortalecimiento del vínculo social, resignificación de experiencias. Traducir estos procesos a métricas comprensibles para instituciones exige metodologías híbridas que combinen datos cualitativos, testimonios, registros visuales y, cuando es posible, indicadores de bienestar.

La pregunta final —y quizá la más estructural— es por qué las instituciones aún no valoran e invierten de manera sostenida en estas prácticas dentro de sus programas sociales o comunitarios. Parte de la respuesta radica en la cultura de resultados inmediatos: la arte terapia trabaja con tiempos humanos, no con cronogramas de productividad. También influye la falta de políticas públicas claras que integren el arte como componente de salud preventiva y no únicamente como complemento cultural.

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Sin embargo, estos encuentros académicos evidencian algo esperanzador: la construcción de comunidad.

Cuando profesionales, investigadores y facilitadores se reúnen, no solo comparten experiencias, sino que también tejen un lenguaje común que fortalece la legitimidad del campo.

Allí, la arte terapia deja de ser una práctica aislada y se convierte en un movimiento que dialoga con educación, salud mental, cultura y desarrollo social.

Visibilizar estas iniciativas no es solo una estrategia de comunicación; es un acto político y cultural. Significa reconocer que el arte no es un lujo, sino una herramienta de cuidado, reflexión y transformación colectiva.

En un contexto donde el bienestar se vuelve una preocupación global, integrar el arte terapia en las agendas institucionales no debería ser una excepción, sino una evolución natural de cómo entendemos la salud: no únicamente como ausencia de enfermedad, sino como presencia de sentido.

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