El trazo como huella del cuerpo colectivo
Por Anton Reina · mayo de 2026
I. La escena
31 de enero de 2026. Un patio exterior en Murcia. Frío seco, sol de invierno. Cinco personas de pie alrededor de una mesa con azulejos azules y blancos.
Nadie tiene razón para reír. Por eso reímos.
Llevo años facilitando sesiones de yoga de la risa. Conozco bien ese momento inicial: el pudor, la mirada de reojo, la sonrisa forzada que todavía no es risa. El cuerpo del adulto tarda en rendirse. Ha aprendido que reír sin motivo es raro, quizás infantil, quizás ridículo.
Pero ríe.
Veinte minutos después, algo ha cedido.
La risa deja de ser actuada y se convierte en otra cosa: una vibración que sube desde el diafragma, que sacude los hombros, que se contagia de un cuerpo a otro sin que nadie lo controle. En ese momento, el grupo deja de ser cinco personas y se convierte en un solo campo de presencia compartida.
Cuando termina la sesión, extiendo sobre la mesa un mantel de papel blanco. Reparto ceras Manley. Les pido que cierren los ojos.
II. La resistencia del control
Hay un momento que siempre ocurre y que ya esperaba.
Las manos buscan un punto de partida. Los dedos se tensan sobre las ceras. Alguien pregunta en voz baja: “¿Dibujo algo concreto?”. Otro retira la mano un segundo antes de tocar el papel.
El hábito del control aparece de inmediato. El cerebro quiere llegar primero. Quiere decidir, organizar, protegerse del error antes de que ocurra.
Les repito: ojos cerrados. Sin intención. Solo la mano. Solo el papel. Riendo. ¡Hohó-hahá!
Y algo se suelta.
No lo veo. Lo escucho.
El sonido de las ceras sobre el papel cambia: al principio es corto, interrumpido, tímido. Luego se vuelve continuo. Los trazos se alargan. Alguien empieza a reír de nuevo mientras dibuja, y los demás le siguen. En oleadas.
La risa y el garabato ocurren al mismo tiempo, se alimentan mutuamente, y el papel empieza a llenarse de líneas sinuosas que no representan nada y lo contienen todo.
III. Lo que le pasa al cuerpo
Soy enfermero desde hace treinta años. Conozco el sistema nervioso y su relación con la salud. Sé lo que hace el estrés sostenido, lo que cuesta recuperar la regulación después de años de tensión acumulada, lo que significa para un cuerpo pasar del modo alerta al modo descanso.
La risa grupal activa el nervio vago. Reduce el cortisol. Eleva la oxitocina. Pero la bioquímica no explica del todo lo que ocurre en esa mesa.
Lo que ocurre es más sencillo y más difícil de medir: el cuerpo recuerda que no está solo.
La co-regulación del sistema nervioso es un fenómeno real. Nos regulamos mejor en presencia de otros cuerpos que ya se han regulado. La risa se contagia no como metáfora sino como mecanismo: las neuronas espejo hacen su trabajo, el diafragma responde, la respiración se sincroniza sin que nadie lo decida.
Después de veinte minutos de risa compartida, el cuerpo entra en un estado que rara vez alcanza en soledad. Está presente. Está blando. Está, en el mejor sentido de la palabra, desarmado.
Y es exactamente ahí, en ese estado, donde aparece el garabato.

IV. La transformación del gesto
Hay una diferencia visible entre los trazos del principio y los del final, y esa diferencia es el registro más honesto del proceso.
Al principio: líneas cortas. Interrumpidas. Trazos que empiezan y se detienen, como si la mano pidiera permiso. El gesto todavía carga la tensión anterior. Todavía recuerda que existe el error, el juicio, la comparación.
Después de unos minutos, cuando la risa vuelve mientras se dibuja, el trazo cambia de naturaleza. Se hace más largo, más continuo, más atrevido.
No mejora en sentido técnico. No se vuelve más hábil. Se vuelve más honesto.
El brazo se mueve desde el hombro, no desde la muñeca. El gesto ocupa más espacio. Las líneas se cruzan con las de otros sin que nadie lo haya planificado.
Lo que el cuerpo regulado hace con el papel es completamente distinto a lo que hace el cuerpo en alerta.
Esa diferencia es lo que me interesa investigar. No el garabato como estilo ni como tendencia artística. El garabato como evidencia de un estado interior. El trazo como documento del sistema nervioso y de la persona en ese momento exacto en que se suelta.
V. Once metros de evidencia
Guardo los rollos de papel en mi estudio. Once metros en total, enrollados con cuidado, como se guardan los mapas de territorios que todavía no tienen nombre.
Cuando los extiendo en el suelo y los miro, no veo dibujos. Veo estados. Veo el momento exacto en que alguien dejó de pensar y empezó a moverse. Veo el punto donde la risa volvió durante el garabato y las líneas se hicieron más amplias. Veo dos colores que se cruzan exactamente donde dos manos coincidieron sin saberlo, sin verse, con los ojos todavía cerrados.
El garabato colectivo es un electrocardiograma del grupo.
No ilustra lo que pasó. Lo almacena.
Lo devuelve intacto cada vez que lo desdoblo.
VI. Por qué esto importa
Ahora soy también estudiante de Bellas Artes. Y desde ese lugar nuevo, con treinta años de cuidado enfermero a la espalda, me hago una pregunta que no aparece en los libros de ciencias de la salud ni en los de historia del arte:
¿Qué ocurre cuando el arte nace después de que el sistema nervioso se ha regulado?
La respuesta está en los rollos de papel.
El arte no siempre nace del concepto. No siempre nace del dominio técnico ni de la intención clara. A veces nace del cuerpo que acaba de reír. Del cuerpo que acaba de soltar algo que llevaba días, semanas, años sosteniendo.
Y eso que nace no es menor ni primitivo. Es, quizás, lo más cercano que el arte puede estar de la vida real.
La risa grupal fue la condición. El garabato fue la consecuencia.
Y el papel fue testigo de ambos.
Nota sobre las imágenes
Las fotografías que acompañan este ensayo fueron tomadas durante la sesión del 31 de enero de 2026 en Murcia. Muestran el momento del garabato colectivo: cinco cuerpos inclinados sobre el mismo papel después de reír juntos durante veinte minutos. Los trazos que se ven no han sido intervenidos; son el registro directo del proceso descrito.



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