Alas de polilla y escritura

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Me gusta usar aros con forma de insectos. Polillas, mariposas, abejas. Ver y sentir sus formas, los detalles, la textura. Me dan tranquilidad y placer. Lo mismo tocar el papel gastado de un libro, las hojas recicladas de mi diario.

Como persona que se asume neurodivergente, me detengo mucho en las texturas, aunque sean pequeñas.

Y la escritura es para mí un entramado de texturas de todo tipo, aunque las letras se vean planas y frías sobre la pantalla o el papel.


Durante mucho tiempo me sentí rota, con un espejo multiforme de aristas filosas e indefinidas. Cada imagen devuelta me cuestionaba mi lugar en el mundo, y sobre todo, sentía la imperiosa obligación de elegir.

A lo largo de mi vida tuve varias etiquetas, desde la niñez. En consecuencia, mi identidad se perdía entre esos «deber ser». Y en todos ellos la demanda era «debés ser (más) normal».


Las polillas y mariposas pertenecen al orden Lepidoptera, un nombre que proviene del griego lepis (escama) y pteron (ala).

La escritura está llena de escamas y alas. Cada palabra deja entre tus manos el polvillo que son esas escamas. Escribir da alas pero tiene su costo. No es sencillo buscar belleza en la belleza marginal, implica metamorfosis, salir del capullo de lo convencional y lo normal para construir tu propio cuerpo, tu propia piel. O todas las escamas que desees habitar. No soy más que nadie, una textura más entre toda la diversidad de ellas.


La sala de espera del consultorio es fea y fría. El pasillo es oscuro y mudo. El minimalismo de lo justo en comodidad choca con la tranquilidad que encuentro en lo texturado, en los colores. Pienso en las formas de mi ropa vintage, ropa con memoria e historia. El mundo busca acotar lo que parece demasiado.

Las etiquetas diagnósticas te agarran desprevenida. Cuando lidiaste con varias es muy fácil caer en la idea de que sos tu diagnóstico. Un tatuaje a hierro caliente en la frente. No son escamas: es una piel gruesa y fea. Te raspa, te pica.

Veo mi carpeta del historial médico de mi psiquiatra. Letra rápida y apurada. Subrayados. Mi personalidad, o eso parece, resumida en una carpeta de cartón azul. No tiene la textura cálida de una mariposa, más bien la frialdad de un manual. Y frente a la frialdad nosológica escribo estos versos:

Acercarse a la poesía
como a un fuego impío.
Acercarse a su lengua porosa
de carne seca y nombres.
Acercarse a ella
con la brújula rota del mundo
Acercarse para calmarse
a través de sus manos de tierra.


Lo que te lastima no es igual a tu forma de procesar el mundo. Así como no soy mi TOC, mi cabeza no responde a la linealidad neurotípica. Son mis escamas.

Funciono bien en el caos. La linealidad me aburre, no busco el silencio porque no lo conozco. Escribir es parte de las raíces que nutren mi tierra. La corporalidad del lápiz, el peso de los dedos sobre el teclado, las palabras que salen y chocan con el aire. Escribir no es sanar. Escribir es existir.


Una vez le dije a mi psiquiatra que mi cabeza es como la escritura del Ulises de Joyce. Que mi cabeza tiene como decenas de radios prendidas. Son «rasgos obsesivos», me dijo.

No me importó. La melodía del flujo de pensamientos es el trasfondo de las notas principales desde donde mi creatividad surge. No hay puntos. Y lejos de hacerme sufrir, son las formas en que mi cabeza navega en el mundo y hacen mi identidad. Escribir, como dibujar también, no es catarsis de lo desregulado, es la armonía de lo aparentemente caótico.


Siendo niña también pasaba por distintas y muchas hiperfijaciones. Una época, por ejemplo, a mis cinco años de edad, dibujaba y dibujaba gallinas. Me daba tranquilidad. Un trazo simple, rápido, chistoso. A mis compañeros les gustaba y me pedían que les regalara uno.

A los 8 años recuerdo dibujar payasos y castillos, todo el tiempo. Hasta que un día me preguntaron por qué siempre lo mismo, y siendo hipersensible, rompí en llanto y los rompí todos. Mis payasos y castillos no aceptaban cuestionamientos de lo esperable. La escuela me aburría horrores y mientras volaba entre mis múltiples pensamientos, la maestra me traía a Tierra, «¿qué pensás, Natasha? Mirá la hoja.»


Mi primer amor musical, a los 8 años, fue Genesis. Recuerdo agarrar el CD, propiedad de uno de mis hermanos, en el reproductor. Me fascinó. No entendía inglés ni nada de lo que decían, pero la voz, los acordes, la música toda me generó un placer intenso y profundo, una vibración en el cuerpo. Recuerdo leer las letras y mientras las pronunciaba como podía, sentía que eso ya era mío.

Ahora, casi 32 años después, Genesis sigue siendo mi banda favorita. Cada vez que puedo y sobre todo, cada vez que necesito regularme, calmarme, conectarme a algo, son mi primera opción. Genesis y el rock progresivo me contienen en su complejidad, en la tersa textura del virtuosismo.

Escribir es perseguir ese ritmo complejo, es esa voz filosa de Peter Gabriel, uno de sus múltiples disfraces. Es el pasaje instrumental de The Cinema Show que puedo repetir varias veces por lo indescriptible que genera.


Hablé de un momento de haberme sentido fragmentada, «disfuncional». Y esa necesidad de control llegó en mi juventud en forma de TCA. Llegó en forma de contar una y otra vez calorías, la regulación en forma de privación.

No buscaba ser perfecta, buscaba en medio de lo desordenado el control. Ese cuerpo que se veía insuficiente, extraño, se enjauló en números y dietas. Pero aún así, en medio de la tormenta, escribía. Solo para mí. Nadie es una tormenta que parece eterna.


La escritura ha sido la arquitectura cognitiva que me ha ayudado a solventar toda contradicción, y más aún. A lo indefinido de las múltiples capas, aprendí con el tiempo a comprender y asumir que nunca fui demasiado, no estuve rota. Habito mi espacio reconociendo mi propia voz y en las contradicciones me encuentro cómoda. Sin pedir permiso.


No busco interpretaciones oscuras ni respuestas en un inconsciente. Como futura psicóloga me interesa el conductismo. Donde otros ven rigidez, yo veo flexibilidad y adaptación. No patologiza ni reduce la complejidad a etiquetas.

Escribir, dibujar gallinas antes o ahora lo que se me ocurra son conductas reforzadas por la tranquilidad que dan a mi sistema nervioso. El conductismo me enseñó que nadie está esencialmente roto. Una de las grandes consecuencias de cuando creciste interiorizando ciertos mandatos es que, si no cumplía con ellos, me sentía defectuosa. Eso se convierte en culpa, en una constante sensación de autocondena. Saber que solo hay contingencias que pueden cambiarse ayuda a liberar de esa culpa no correspondida. Hay algo del dolor en eso que radica en tratar de adaptarte con las herramientas que tenés, en una sociedad que te exige usar solo las suyas.


Me gusta juntar hojas y secarlas entre las hojas de un libro. Las pego en un cuaderno. Escribo una frase, un poema. Quizás haya una mancha de café o de mate. Manchas de tinta. Amo sentir la superficie entre rugosa y frágil. Hay un sentido del desorden sumamente armonioso, como hilos invisibles. Calma, sí, y también conecta.


Veo mi sistema nervioso como la estepa en la que nací. Sus cualidades no son necesariamente tranquilas, pero es aún así estable. Una flora bella y achatada por el viento incesante de pensamientos. Tiene sus pliegues complicados a veces. El arte, hacerlo o experimentarlo, es el cantito marcado del ventarrón que baila y golpea el rostro.

Y hay algo en la memoria y el cuerpo de la resistencia. El cuerpo que se despliega y se aferra a darle a su lugar un sentido. La piel es como una máscara que cae y se reconstruye cada vez. De pronto, las cosas encajan, florecen. Nace un poema, un verso, un tarareo en forma de bucle incesante, un pensamiento en forma de red que atrapa, devora y en definitiva, vive.


Y sí, animarse a ocupar espacio, darle nombre, abrazar tus experiencias, son parte del mismo entramado. Ya no da escozor como un viejo abrigo de lana, es más suave, un susurro que da escalofríos.

Y así se va reforzando el hábito de mirarte al espejo y no ver pedazos deformes, sino tu propio rostro respondiendo las preguntas que hacías en tu niñez, con la misma inocencia y la misma pasión. No se está incompleto, la diferencia se castiga. Pero mientras tanto hay un árbol que dibujar, un libro que leer, un poema que crear y un mundo que enseñar.

Mientras tanto, escribo esto, escucho Genesis y toco mis aros de polilla.

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La investigación, práctica y experiencia pueden inspirar a otros y convertirse en evidencia para el campo de las artes y el bienestar.