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Hay algo que pasa cuando escuchamos ciertas melodías, ciertas canciones. Podemos notar cambios: se nos eriza la piel, algo se mueve en nosotros, o sentimos que el tiempo se detiene. Durante mucho tiempo se pensó que el efecto de la música era más bien simbólico, casi poético. Sin embargo, hoy sabemos que su impacto es también físico, concreto y medible.

A diferencia de muchas otras actividades, la música activa múltiples redes cerebrales de forma simultánea. Involucra áreas auditivas, motoras, emocionales y de memoria, que funcionan de manera integrada. No se localiza en un único punto, sino que pone en juego sistemas distribuídos que trabajan en conjunto.

Es pertinente destacar que cuando el cerebro anticipa lo que viene en una melodía y esa expectativa se cumple o se modifica, se activan circuitos asociados al placer, como el sistema de recompensa (Zatorre & Salimpoor, 2013). Por lo que, esto muestra que la música no solo se escucha: se anticipa, se procesa y se experimenta en el tiempo. En ese transcurrir aparece un elemento central: el ritmo. El ritmo organiza la experiencia en el tiempo, generando patrones de anticipación y predictibilidad que estructuran lo que percibimos. Al ofrecer una referencia temporal, el cerebro puede orientarse dentro de la experiencia, reduciendo la incertidumbre.

Desde la neurofisiología, el sistema nervioso funciona en base a patrones. El ritmo entra en resonancia con esos patrones, dando lugar a procesos de sincronización entre estímulos externos e internos, lo que se conoce como entrainment (Thaut, 2005).

Cuando esto ocurre, se podría decir que el cuerpo empieza a adaptarse. La respiración, la frecuencia cardíaca o el movimiento pueden adaptarse al ritmo. Por eso, en estados de ansiedad o hiperactivación, la música puede funcionar como un recurso de autoregulación, incluso sin mediar palabras. Por lo que podemos pensar que el cuerpo responde antes de que la mente lo entienda.

A su vez, cuando escuchamos música, también se producen cambios fisiológicos medibles. El cortisol, asociado al estrés, puede disminuir. La oxitocina puede vincularse con experiencias de conexión interpersonal en contextos musicales compartidos. Además, la dopamina se libera ante melodías que conmueven o sorprenden, y la frecuencia cardíaca junto con la presión arterial, se ajustan en función del tempo y la intensidad de la música (Koelsch, 2014).

Pero la música no solo impacta en el momento: también nos deja huella. La práctica musical sostenida se asocia a cambios en la estructura y el funcionamiento cerebral. Se ha observó que a partir de un aprendizaje musical, se podría generar una mayor conectividad entre hemisferios y modificaciones en áreas auditivas y motoras. A su vez, estos cambios se relacionan con mejoras en habilidades perceptivas y de coordinación (Hyde et al., 2009).

Debido a que la música involucra múltiples sistemas al mismo tiempo (percepción, emoción, memoria y acción) puede ofrecer vías alternativas cuando alguna función se ve afectada. En rehabilitación neurológica, por ejemplo, la entonación melódica puede facilitar el trabajo sobre el lenguaje en personas que han sufrido un ACV. En trastornos del movimiento, como el Parkinson, el uso del ritmo permite organizar la acción a través de la sincronización con estímulos externos.

Por lo que se podría pensar, que la música no solo activa el cerebro, lo reorganiza. Por ejemplo en relación con lo emocional, cuando estamos tristes, muchas veces buscamos canciones tristes. Esto, lejos de ser contradictorio, puede entenderse como una forma de autorregulación emocional ya que la música ofrece un marco temporal organizado donde la experiencia puede desplegarse sin desbordar. No elimina la emoción, pero la contiene, la estructura, la hace transitable. En ese sentido, crea un espacio en donde lo que sentimos no necesita ser inmediatamente traducido en palabras. Un espacio en donde las emociones pueden aparecer, sostenerse y transformarse.

Esto permite pensar la música como una herramienta valiosa en la práctica clínica, al acceder a experiencias que no siempre encuentran forma en el lenguaje verbal, no porque lo reemplace, sino porque lo antecede, lo acompaña o lo sostiene.

También puede generar sincronía entre personas. Cantar, moverse o escuchar música en conjunto implica coordinar ritmos internos y externos, lo que puede favorecer la conexión interpersonal y la sensación de pertenencia. Por lo que la música no es solo una expresión artística, es una forma de organización de la experiencia. Organiza el tiempo, el cuerpo, la percepción y, en muchos casos, la emoción.

“La música, de manera única entre las artes, es a la vez completamente abstracta y profundamente emocional. No necesita representar algo externo para generar una experiencia significativa.” 

<i>Oliver Sacks.</i>

La música no traduce lo que sentimos, lo pone en movimiento. Y en ese movimiento, algo se ordena. Quizás por eso, en ciertos momentos, no buscamos explicaciones, buscamos una canción. No para salir de lo que sentimos, sino para poder estar ahí, de otra manera. Porque cuando las palabras no alcanzan, la música no reemplaza: sostiene. La música nos mueve. Y ese movimiento, el no poder quedarse indiferente, es una forma de estar vivos.

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La investigación, práctica y experiencia pueden inspirar a otros y convertirse en evidencia para el campo de las artes y el bienestar.