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¿Qué rituales emocionales hemos construido
alrededor de las pantallas?

Reviso el teléfono antes de abrir del todo los ojos,
como quien reza sin creer ya en la oración.
El pulgar sube solo, un gesto que no aprendí de nadie
y que sin embargo domino
con la certeza de un acto sagrado.

No busco información.
Busco confirmación de que sigo existiendo
para alguien más.

Llevo años observando estos gestos
sin lograr nombrarlos del todo:
sé que vuelvo a ciertas cuentas cuando algo me duele,
a otras cuando quiero sentirme envidiado.
El algoritmo no inventó estos rituales,
los heredó de mí,
los pulió hasta volverlos brillantes,
y ahora me los devuelve
como si fueran una revelación sobre quién soy.

Pero hay algo más que reflejo en este espejo:
cada vez que elijo qué guardar y qué borrar,
qué cuenta sigo y cuál dejo morir en silencio,
estoy curando —sin saberlo del todo— una versión de mí
que tampoco es enteramente falsa.

¿Es posible construir un hábito nuevo
en un territorio diseñado para que no lo haga?
¿Puede la curaduría del yo
ser también una forma de autoría,
y no solo una respuesta entrenada?

No tengo la liturgia de repuesto.
Solo sé que entre el reflejo y el gesto
—ahí, en esa grieta mínima—
todavía cabe la pregunta.

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