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El arte, en términos generales, puede ser una vía de expresión y una posibilidad de autoconocimiento. Cuando nos permitimos experimentar, contemplar o crear, algo en nuestro interior puede acomodarse o desacomodarse, en mayor o menor medida. Pero de alguna manera, no volvemos a ser exactamente los mismos.

Desde la perspectiva de Carl Jung (1999), la producción artística puede constituirse como una vía de aproximación a contenidos inconscientes y a aspectos de la personalidad que permanecen menos reconocidos o integrados. Desde esta mirada, el proceso creativo puede convertirse en un puente hacia una mayor conexión con la propia experiencia y con aquello que forma parte de nuestra identidad.

Por otro lado, considero que el arte viene a decirnos algo. Y la psicología presta atención a lo que nos tiene para decir, aquello que el arte pone en juego: alojar, explorar y, en algunos casos, poner en palabras aquello que todavía no podemos nombrar.

El arte, en todas sus formas (pintura, escritura, dibujo, danza, música, fotografía, audiovisual, teatro, y más) podría brindarnos un nuevo lente para observar el mundo y a nosotros mismos. Tantas son las veces que pude comprender una emoción cuando escuché en una canción lo que sentía, de alguna forma el artista me brindó una posibilidad de poner en palabras mi sentir. También están las veces en que una obra de teatro o una pintura nos conmueve: escenas, gestos y colores que transmiten algo, que nos invitan a adentrarnos en lo nuevo y en lo incierto. 

La creatividad está al servicio de la emoción.

“Una mirada profunda es la base de la creatividad, ver más allá de lo ordinario y prosaico, para captar lo que de otro modo sería invisible. (…) el arte es nuestro portal para el mundo de lo invisible.” 

Rick Rubin.

¿Qué podría ser esa mirada profunda? Podría tratarse de desacelerar el paso, contemplar y, por sobre todas las cosas, mirar distinto. Permitirse observar desde otra perspectiva implica suspender, aunque sea por un momento, lo automático, lo obvio y aquello que creemos saber. Adquirir en la medida de lo posible, una mirada contemplativa hacia la experiencia humana. 

En la vida cotidiana vemos cosas todo el tiempo, pero rara vez nos detenemos a observarlas de verdad. La creatividad podría comenzar justo ahí: en ese quiebre en el que algo común deja de ser común porque alguien se permitió detenerse, dudar, sentir y observar su particularidad. 

Entonces, podemos pensar que el arte no inventa necesariamente de la nada, sino que revela. Hace visible aquello que ya estaba allí, pero que todavía no encontraba una forma: un miedo, un deseo, una herida, una belleza frágil. A veces, el arte logra traducir aquello que no sabemos decir, aquello que se escapa del lenguaje. Crear es un acto de resistencia contra la ceguera cotidiana.

Y quizás ahí aparece una primera respuesta a la pregunta que da título a este texto.

Si entendemos el arte como una vía de expresión y exploración de la propia experiencia, todos podemos tener la posibilidad de crear, siempre que nos permitamos expresar algo de nuestro mundo interno y darle una forma. 

Todos tenemos un mundo interno que, de alguna manera, busca expresarse. Puede aparecer cuando alguien escribe para entender lo que le pasa, dibuja para ordenar una emoción, baila para habitar su cuerpo o canta para liberar algo que estaba contenido.

Sin embargo, crear también implica exponerse, aunque sea ante uno mismo. Implica encontrarse con aquello que duele, que confunde o que no encaja. Y no siempre queremos o podemos, mirarnos con honestidad. 

El miedo al ridículo, al juicio, a no ser suficiente o a no hacerlo “bien” puede ir cerrando esa puerta con el tiempo. Así, puede parecer que el arte es una capacidad reservada para unos pocos, cuando quizás también existe como una posibilidad humana que muchos dejamos de explorar.

La diferencia, entonces, no estaría necesariamente en quién puede crear, sino en quién se permite hacerlo.

Aún así, esa puerta no se cierra del todo. Puede olvidarse, llenarse de polvo, quedar detrás de otras preocupaciones, pero sigue ahí. Siempre existe la posibilidad de volver a probar, a intentar sin expectativas, sin la obligación de ser bueno, sin la necesidad de producir algo valioso para otros, sin medirse con varas ajenas.

Porque la experiencia de crear puede ser singular, incluso cuando el arte también sea colectivo. Crear aunque sea solo para uno mismo es un gesto de valentía, el arte no exige constancia ni resultados, solo un primer paso honesto. Y ese paso, por pequeño que sea, siempre está disponible.

“El objetivo no es crear obras de arte, sino acceder a ese estado maravilloso en el cual el arte se torna inevitable.” 

Robert Henri.

Teniendo en cuenta esto, podríamos pensar que cuando se accede a ese estado, crear deja de sentirse como un esfuerzo y se transforma en una necesidad, casi como respirar. Se trata quizás de una apertura, de una sensibilidad más afinada y de un juicio que, por un momento, queda en pausa.

El arte no siempre se planifica, a veces simplemente sucede. No se lo fuerza ni se lo persigue: quizás emerge porque algo interno encontró un cauce. En ese punto, la obra deja de ser el objetivo principal y se convierte apenas en el rastro de un momento de conexión.

Con esta perspectiva, no se trata de estar a la altura de nada ni de alcanzar determinado resultado. Se trata de habitar un estado de conexión profunda con uno mismo y con aquello que nos rodea.

“Los artistas se convierten en un vehículo para el espíritu del personaje que se representa y este personaje es recreado por todo gran intérprete.” 

Helen M. Luke.

El artista no necesariamente busca imponerse sobre aquello que crea, sino abrirse a algo que busca encontrar una forma. Quizás allí exista una de las dimensiones más profundas del arte: el yo deja de ser el centro y se convierte en puente. Podemos pensar que el artista, busca dar forma a algo que quiere ser dicho, nombrado o representado. Y cuando esa disponibilidad aparece, el arte puede dejar de ser una técnica aplicada para convertirse en acontecimiento: algo sucede, algo toma forma, y tanto quien crea como quien observa, puede verse transformado por esa experiencia.

Entonces, ¿todos podemos ser artistas? Tal vez la respuesta no sea una afirmación cerrada, sino una invitación abierta. No todos lo seremos del mismo modo, ni con las mismas formas, ni con la misma constancia. Pero quizás todos tenemos la posibilidad de acceder a ese estado de apertura donde algo verdadero busca decirse a través nuestro. Por lo tanto, se infiere que el arte no es un privilegio ni una identidad fija, sino una experiencia posible, ¿estamos dispuestos a dejarnos atravesar por eso que insiste en expresarse?.

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La investigación, práctica y experiencia pueden inspirar a otros y convertirse en evidencia para el campo de las artes y el bienestar.